Cazador de Unicornios: por ser más alma que cuerpo menos árbol más rocio

Éramos Ménades

Éramos ménades, Euménides, con la furia adormilada por dentro, aplacada por el dulce beso de la primavera.

Éramos ménades, bacantes, danzando en el círculo de suave hierba, que lamía nuestros pies desnudos, con los senos brincando en el aire y coronas de flores en la cabeza.

Y aquí estamos, en el umbral del día, alzando las antorchas en los brazos blancos, despertando el rocío aletargado en las viñas y espantando la oscuridad demorada en el rostro claro de la Aurora.

Y he aquí el buey de la hecatombe, conducido por nuestras manos desnudas al remanso helado, prodigado en caricias le bañamos, escanciando sobre él el agua lustral. Y es un niño, desnudo y con frío.

Y ante él traemos la ofrenda primera, la del sol que pare el horizonte, las bayas amargas del monte. A manos llenas se las damos, y besamos con nuestros labios el vino que su hocico derrama. Un licor amargo que bebemos levemente.

Nuestros labios son mariposas que se posan y beben.

Y mientras besamos, acariciamos su espalda desnuda, las mariposas de nuestros labios prueban sus orejas, se posan en sus ojos inquietas, nuestros brazos rodean su lomo y le damos a la vida que comienza la bienvenida.

Y he aquí que llega el fulgor del mediodía, y trae consigo la segunda ofrenda, una guirnalda de cerezas dulces, que le servimos a manos llenas. Y su jugo se mezcla con el vino amargo, y lo bebemos con ansia mientras se derrama en nuestros pechos y desde nuestros pezones se lo devolvemos como si lo amamantáramos con leche de cerezas.

Y nuestros labios ya no son mariposas sino cangrejos, que se apoderan de sus muslos, de sus piernas, de sus pezones y sus pies. Y mi lengua de colibrí excava en su hocico hasta llegar a su lengua para beber lo que queda de la sangre de las cerezas. Mientras las manos sujetan los testículos y frotan el miembro melosamente.

Lo cabalgamos desnudas, frotándonos, mientras el mediodía se instala en nuestra piel ardiente. Y yo gimo, sujetando el cuerno erecto, mientras un estremecimiento sacude mis huesos. Y ya no hay mariposas ni cangrejos, solo serpientes, que se enroscan en el hocico, los muslos, el miembro. Serpientes que aprietan, aflojan, sacuden, lamen, muerden.

Y el licor de las cerezas de pronto se esfuma, y busco más licor, aprisa, en las venas. Y me trago un trozo de piel en la mordida. Pero no hay dolor, solo placer, en el éxtasis final de la suave embestida.

Y soy hundida, rasgada, atravesada y dejada tendida. Y siento que soy toda orificios, una herida abierta, distendida, una boca que gime al sol.

Al final él se derrama, en mi herida y en mis manos la piel escaldada. Aun lo montamos exhaustas. Me duermo.

Éramos ménades, Erinias, con la ira en el pecho agazapada. Aun no es tiempo para la tercera guirnalda. La de duraznos secos que ofreceremos a manos llenas. La que secará el lagar de su hocico que mustio y sin licor, rasgáremos furibundas y su vientre con nuestras manos de arpía para beber la amarga hiel de su hígado y el bálsamo dulce de su corazón.

Pero eso será en invierno. Aun es primavera. En los matorrales revientan las azules bayas, y se doblan las ramas cargadas de cerezas.

  • es Hermoso….llebo tiempo pensando en esos seres, y oh, me has echo gozar.

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