Cazador de Unicornios: por ser más alma que cuerpo menos árbol más rocio

La Elusiva Zona Tibia

Venezuela, desde hace más de una década, se ha convertido en un campo de batalla. Desde el nacimiento del chavismo, instaurado hoy día como la vertiente oficialista partidista del gobierno, hemos presenciado el desarrollo de una marcada polarización de la nación Venezolana, de una escisión que ha abierto una brecha insalvable entre ideologías y cuyos extremos pareciesen por entero irreconciliables.

El artificio, sin embargo, de esta supuesta separación de polos queda evidenciado con la intensa interacción existente entre ambos. No hay extremos en la naturaleza que luchen de igual manera por mantenerse distanciados. Se distancian y ya. No se lanzan líneas de anclaje hacia el territorio enemigo del que deseamos mantenernos apartados. Sin embargo, en Venezuela el enfrentamiento político constante parece ser la única dinámica posible, la única respuesta telúrica que aseguraría la reorganización de una nación aún convulsa, el sismo necesario para barrer definitivamente los malos hábitos de la cuarta república y que allane el terreno para la instauración definitiva y sin retrasos de la quinta.

¿Por qué?

Desconozco mucho la historia de la derecha y la izquierda venezolana, de aquella época sólo recuerdo la actuación de dos grandes partidos: el blanco y el verde, cuya casual alternabilidad en el poder me hace sospechar ahora de una componenda tras cámara, una reyerta pública pero ficticia cuyos triunfos y fracasos eran fraguados con anticipación y, por qué no, con alevosía.

Adecos y Copeyanos podían convivir en la misma casa como en el caso de mis padres, pero no en el mismo trabajo. Cambio de gobierno significaba el cambio en los cargos de libre nombramiento y remoción. Mi mamá, secretaria intendente en el seguro social, hincha adeca, fue una de tantas que quedó removida cuando ganaron los copeyanos. Venezolanos que quedaban removidos y suplantados en virtud de una nueva democracia renovable con cada lustro que pasaba.

Nadie parecía criticar el ciclo. Así habían funcionado las cosas siempre. A veces se gana y a veces se pierde. Ese es el precio lógico que hay que pagar.

Lo importante, sin embargo, de pertenecer a un partido era demostrarlo, así fuese cayéndose a piedras y palazos como sucedió una vez frente a la casa de AD mientras adentro los principales candidatos contrarios “tomaban el té” ante las cámaras en una amigable muestra de urbanidad.

El común de los y las venezolanas, al parecer, son buenos a la hora de tomar partido, pero no para criticar y vigilar a quienes elegimos como dirigentes de nuestros destinos.

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La diferencia entre el partidismo actual y el anterior, a mi parecer, radica principalmente en sus momentos de receso.

Las campañas publicitarias de descrédito que dejaban a las ciudades cubiertas de graffitis y basura, los dimes y diretes a través de los medios de difusión masiva se remitían hasta desaparecer por completo luego de la cuenta de votos y establecido el nuevo gobierno. Era obvio que su finalidad caducaba con el nombramiento de un presidente pues, su fin era, según yo, montar el circo democrático, publicitar la democracia ante nosotros y los demás países como el tipo de gobierno que anhelan y piden los venezolanos y venezolanas. Por ende, cualquier medida que se tome para protegerla, cualquier medida, entra en el terreno de lo válido.

Pero también recuerdo que existía una profunda incredulidad en los partidos políticos. Frases como «!Y si en el cielo se vota entonces que Dios nos agarre confesados!», eran comunes señas de descontento en una población que se enteraba de todos los desmanes de sus jefes de Estado justo después de terminado su período mandatario –exceptuando quizás el último de CAP que no fue tan sortario–. Nos enterábamos de casi todo casualmente cuando comenzaba la guerra partidista por encabezar el próximo ciclo de gobierno. Una agenda cuyos intereses particulares dictaban las fechas exactas de sacar los trapitos sucios al sol.

Entonces, comenzando el nuevo ciclo, desaparecía toda incredulidad por parte de los votantes, la fe en los candidatos renacía, se acababa la nulidad partidista y la abstención era sólo un espectro. O al menos eso era lo que pintaban los medios: una venezolanidad deseosa de participar y orgullosa de su democracia. No existían, lo que yo llamo, zonas de tibieza política: una zona de descreimiento y aburrición, de apatía democrática de una contundente y peligrosa abstención.

Recuerdo como si fuese ayer un mitin de Caldera, ese vejestorio a punto de momificación, lo veo alzando los brazos sin emoción y con un rostro inexpresivo, recibiendo los aplausos de un gentío que parecía más que contento de ser identificados como «el chiripero».

¿Cómo se puede mantener la fachada de legitimidad sin capacidad de convocatoria? ¿Cómo convencemos al resto del mundo que esto es lo que los y las venezolanas quieren cuando las mismas cifras te desmienten? ¿Cómo validas el uso de cualquier medio para mantener la democracia? La abstención, creo yo, es un temible adversario político.

Lo anterior es lo mejor que se me ocurre para explicar la transformación de una oposición férrea a una oposición pasiva. Una oposición que pecaba de silente y que sólo recuperaba su voz a final de cada lustro. Una oposición muy bien diseñada, que ocupaba estratégicamente el lugar que pertenecía a la verdadera izquierda y cuya finalidad, pienso yo, era movilizar fuera de la zona tibia a un contingente de votantes, obligarles a tomar partido, exprimirles ese voto que les legitimizaba.

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Ahora me pregunto: ¿será que la reyerta oposición/oficialismo actual tiene la misma explicación?

El espectáculo de descréditos ya ha tomado demasiado tiempo y las zonas calientes y frías han sido fuertemente colonizadas y defendidas. Lo único que no ha quedado definido, la única área inasible de toda previsión política es una extensa zona tibia que ya ha demostrado en diversas ocasiones ser sorpresiva. Derrotas y triunfos contundentes, batacazos electorales, propuestas destruidas por un contingente de votantes camaleónicos y evasivos a todo intento de mesura. En semejantes circunstancias al juego político venezolano no le queda otra que transformar en proposiciones lo que antes eran designios, someterse a los caprichos de una elusiva zona tibia.

¿Es esta contienda constante un producto de la necesidad de transformar la zona tibia? ¿de obtener números suficientes que justifiquen las acciones del Estado? ¿Es la tibieza de esta área el terreno actual de una lucha geo-política?

Es posible que la razón para el enfrentamiento sin fin sea la naturaleza legítimamente de izquierda del gobierno frente a una derecha que se halló sorpresivamente desplazada y que estaba demasiado arraigada a la detentación del poder. O simplemente sea más de lo mismo: publicidad, circo, la bomba de humo que le permite a los gobernantes camuflar un desempeño pobre en lo social, disimular una actuación política deleznable que quedó muy por debajo de las expectativas prometidas. O quizás, es posible, sea una combinación de ambas cosas.

Sin la existencia de un espacio de receso, como el que se extendía entre gobierno y gobierno en la anterior república, es fácil ocultar la ineptitud de un gobierno que sólo alardea de socialista.

En esto último, debo admitir, puedo estar equivocado.

Lo que sí he constatado es ese efecto segundario de la eterna lucha posición/oficialismo. Algo que he observado desde mi lugar de espectador no-especializado. Desde una perspectiva, lo admito, de gran ignorancia política: la movilización fuera de la zona tibia.

Las pocas personas que conozco que poseen una firme convicción política, escuálidos o chavistas (aunque no sé cuan propio sea utilizar estos términos) han optado por defender incluso lo indefendible. Los errores de la oposición o del gobierno son pasados por alto, al menos frente a los contrincantes. Lo que está en juego es tan importante que no podemos permitirnos el error estratégico de ceder ni un centímetro de terreno, de mostrarnos inseguros. Las críticas a nuestro partido las hacemos a puerta cerrada y están reservadas sólo a oídos afines a nuestro credo.

Es un error.

La lealtad incondicional debilita nuestro discurso. Nos obliga a defender lo que, contrariamente, deberíamos denunciar. Nos adjunta un talón de Aquiles que luego nos veremos forzados a ocultar mientras avanzamos en un camino con la esperanza de no toparnos con un interlocutor contrario, tan inteligente o astuto como para atajarnos en nuestro propio discurso. ¿Por cuanto tiempo más podremos avanzar confiados a nuestra suerte?

Yo aún me pregunto si estaré haciendo bien al apoyar una ley, la primera en su tipo, que promueve una institución que yo mi mismo señalo de nefanda: la familia nuclear. ¿No debería acaso permanecer sumido en mi zona tibia y esperar hasta que surja la oportunidad de apoyar las legitimación de las parejas de hecho?

El sólo consuelo que tengo es saberme que no soy el único. Incluso Gioconda Espina, opositora inconvertible, llamaba a la movilización, a salir de la zona tibia e ir a votar por la aprobación de la reforma constitucional… aunque hubiese que ir «con un pañuelo en la nariz». Y es que el juego de intereses teje una red de relaciones muy complicada.

¿Por qué yo recojo firmas a favor de algo que antes he denunciado y en detrimento de otra posibilidad que yo considero ideal? ¿Por qué Gioconda acude a votar asqueada?

Es la contienda constante, la trifulca sin período de receso, la polarización de tipo antagonista, innatural, llevada al extremo lo que nos conmina sin cesar a tomar partido. A olvidar las faltas en virtud del establecimiento de una defensa férrea, a cerrar los ojos como medida de contingencia mientras esperamos asestarle el golpe definitivo al enemigo. «Luego de vencerles arreglaremos las cuentas» parece ser la promesa que nos hacemos a nosotros y nosotras mismas.

¿No estaremos en presencia de una dinámica foucaultiana del poder? Un juego de empuje y hala que perpetúa el escenario a actores y actoras ineptos. Que moviliza a los habitantes incrédulos de la zona tibia a tomar partido. ¿No sacan ganancia los oficialistas tanto como los opositores? Zelotas plenamente convencidos, cada vez más fieles. ¿Dónde queda la capacidad de auto-critica y la denuncia?

Que alguien me explique cómo hago para escuchar las declaraciones de Cilia Flores sobre la ley de igualdad y equidad de género, ese pozo fecal de homofobia, sin salir corriendo a refugiarme de nuevo en mi zona tibia. ¿A quién le pongo el C-4 bajo la silla? ¿Cómo hago para seleccionar entre la Asamblea Nacional y la Conferencia Episcopal Venezolana? ¿Cuál de las dos hiede más?

Sugerencias, críticas, comentarios, lo que sea que me arroje un poco de luz sobre esto, un hilo de Ariadna venga de quien venga, serán todos y todas bienvenidas.

  • Lo último que escribí es cierto, invito a todos y todas mis lectores (que son pocos pero valiosos) a hacer comentarios sobre esta entrada…

  • Interesante tu texto. Yo creo que muchas y muchos de nosotros, llevados por el espontaneismo hemos descuidado el estudio de la forma como se han desarrollado los procesos políticos en la historia contemporánea de Venezuela. Por eso fallamos en entender lo que pasa en la actualidad.
    Creo que en la historia contemporánea del país han existido contradicciones y pugnas políticas entre la derecha y la izquierda, sólo que en momentos de cambios, donde sectores poderosos ven afectados sus intereses, éstas se agudizan y cada sector asume posiciones más definidas y claras.
    La historia reciente está llena de incongruencias. Se necesitará hacer un estudio para explicar por qué antiguos guerrilleros y miembros de la ultra izquierda, se han pasado a la derecha y marchan hombro a hombro con las mismas organizaciones que los persiguieron y que fueron responsables de su encacerlamiento, tortura y muerte de sus compañeros. Hace falta otro estudio para explicar por qué tantos adecos y copeyanos se han pasado al chavismo sin ningún problema. Y otro estudio para explicar por qué a la derecha del país le da vergüenza decir que es de derecha y sus líderes pretenden no sólo pasar por personas de izquierda, sino que hasta se roban las consignas y los programas propios de la izquierda.
    Te digo,para terminar este breve comentario, que la Asamblea Nacional hiede más que la Conferencia Episcopal, al fin y al cabo ellos no pretenden engañar a nadie, siempre han tenido esa posición y no se hacen pasar por socialistas y revolucionarios. Lo más grave es que la AN tiene la responsabilidad de discutir y hacer las leyes del país.

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