Cazador de Unicornios: por ser más alma que cuerpo menos árbol más rocio

La dureza de la pared

La gente cambia con el tiempo.

Hoy fui a hacer la cola para entrar al comedor de la universidad. Detrás mío estaban dos frikis que no dejaban de parlotear sobre glifos, dados, runas y ciertas habilidades que traduje como “mágicas”. Aventuras, riesgo y situaciones osadas… en fin, un cúmulo de esas cosas que ni ellos ni yo ni nadie vamos a experimentar en esta vida.

Como hombres que son hablaban durísimo, más alto de lo necesario. Imposible pasarles desapercibidos en una cola que no avanzaba. Así que me resigné a que tendría que escucharles por un rato. Uno de ellos, el que llevaba la conversación con más entusiasmo, tenía una voz que, si no fuese por el exagerado volumen, hubiese sido en verdad atractiva… me provocó echarle una ojeada. Ver si su rostro mejoraba lo que estaba afeado en el tono de su voz. Pero no me atreví. No sirvo para estar dando miraditas de soslayo. Lo subrepticio no va conmigo… pero más debido a una genuina falta de pericia en el disimulo que por una falta de interés en ver el rostro ajeno.

Quiero ver los rostros ajenos, pero sencillamente no me atrevo.

En eso llega una tercera voz a integrarse a la conversación… más joven, más calma, más prometedora… le pide a la voz cantante que le ceda un lugar en la cola. La ácida respuesta no se hace esperar:

–No mi pana, yo no hago eso! Yo detesto que se me coleen, por eso no se lo hago a nadie… tampoco le pido nada a nadie, yo prefiero aguantarme mi cola -y dando por terminada la cosa dice- ¿qué era lo que te estaba diciendo…?

Esta vez tampoco volteé, a ver rostros pero por vergüenza ajena. Yo, particularmente, detesto ver la humillación en los rostros ajenos, aunque se la tengan bien merecida por acomodaticios, abusadores o simplemente por oportunistas.

En eso llega un chico guapísimo a pedirme la cola. La primera vez que lo vi fue en clase de economía esa misma mañana. Imposible no notar a alguien con estampa de modelo que se sienta frente al profesor, ubicando el pupitre fuera de la fila de los otros pupitres para darse a sí mismo preeminencia. Que habla durísimo, como al parecer hablan todos los hombres, aunque sea para recitar un fracaso de chiste que no puede suscitar más que bostezos y obligándonos a participar, a todos en el salón, de su humor sin gracia.

Me saludó como si me conociera y me preguntó “¿fuiste al debate?”, acompañando el gesto con una sonrisa ensayadísima de dientes blancos y ligeramente torcidos. No le contesté. Y no sé por qué razón me le quedé mirando fijo.

–¿no fuiste? –insistió, pero ya no tenía el mismo aplomo que mostraba en el salón, la seguridad con la que contaba chistes malos se fue cuando se dió cuenta que yo no le iba a ceder mi puesto, que su ardid no estaba funcionando, que iba a quedar expuesto… Negué por segunda vez. Mirándole a los ojos con arrechera. Entendió que yo no estaba contestando a su pregunta estúpida, sino diciéndole claramente que NO lo iba a dejar meterse. Pobre chico atrapado por la seducción patriarcal, esa que se empeña en hacerle creer que todos los maricos y todas las mujeres estamos única y exclusivamente para servirle, para hacerle coro a sus chistes, para cederles el puesto en todo y seguir permitiendo que sean ellos los que siempre lleguen de primero. Figuran en la vida sólo por que alguien, una mujer talentosa generalmente, les ha cedido su lugar.

Traté de no verlo alejarse pues, como dije anteriormente, detesto ver la vergüenza en la cara de los demás.

¿Qué pensó? ¿Qué con una sonrisita que le lanzara al mariquito del salón se lo iba a echar al bolsillo? ¿Que se me iban a caer las pantaletas por verle los dientes? Pues no. Admito que me intimidé cuando el chico bello se me acercó y me habló. Se me alborotó el panal en el estómago. Pero al final no me ablandé. Me daba vergüenza con los frikis que aún tenía detrás mio. Pena para con ellos y conmigo mismo.

***

Hoy fue un día interesante para mí. Descubrí algo nuevo, algo dentro de mí que no sospechaba que existía. Cuando el chico bello se lanzó con todo lo que pudo se topó con una pared.

La pared dura se llamaba Javier.

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