De inmoralidad ambiental y caradurismo pontificio

El discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió al Cuerpo Diplomático de la Santa Sede el pasado 11 de enero sobre el medio ambiente, parecía ser acertado. Si bien mencionó que la falta de una gestión responsable de los recursos naturales, la fabricación y exportación de armas, la droga, son elementos que hay que tener en cuenta al hablar sobre el deterioro del planeta y la ecología humana, su mirada se centró básicamente en África, Oriente Medio y América Latina. Una visión un poco más profunda del problema ambiental hubiera incluido a los países capitalistas del primer mundo, las corporaciones transnacionales y al sistema económico de libre mercado que vincula a ambos con el resto del mundo.
Podemos estar de acuerdo en que la crisis ambiental, aunque tiene una miríada de causas de tipo material, tiene una raíz u origen de tipo moral. Sin embargo, el «cambio de la mentalidad» autodestructiva y la promoción de «nuevos modelos de vida» que respeten al planeta, en la manera en que lo propone el Papa, con una educación cristiana que trabaje aunada con el Estado en una especie de «laicidad positiva», ya es otra cosa. La construcción de un modelo de humanidad moralmente comprometida con el ambiente no depende sólo de permitir o no la participación de la iglesia en lo público. Sin importar lo que diga Benedicto, un Estado laico haría muy poco por resolver el problema ambiental si se enfoca en el modelado de sus ciudadanas y ciudadanos, apegándose a las leyes de origen divino y obvia por completo, como ha hecho el Papa olímpicamente, al modelo económico neoliberal que pormueve el consumo y el desperdicio y al impacto que sobre las demás naciones tiene el capitalismo del primer mundo.
El proyecto de una humanidad comprometida ecológicamente no puede ser acometido pensando sólo en el compromiso ético de los Estados y de sus ciudadanos/as dejando intactas las políticas económicas y obviando así las actuaciones de las corporaciones financieras y comerciales multinacionales. La crisis ambiental es un problema estructural, por ende las políticas económicas de libre mercado no pueden quedar al margen de un proceso de reestructuración. El dejar hacer y dejar pasar, que promueve la producción y consumo siempre creciente y sin freno, no parece seguir siendo una opción posible para un mundo que se agota.
La inmoralidad ecológica como la ve el Papa Benedicto, raíz del problema, no está presente solamente en los conflictos por recursos en África o en los cultivos destinados a la producción de droga en Afganistán y América Latina. También está presente en ese capitalismo de Estado, originario del primer mundo, que envuelve a todo lo que toca en su lógica de acumulación de riqueza sin límite, de individualismo, de sociedad de consumo irrestricto y cuyo objetivo está «por encima de cualquier norma ética, política pública o ideal ecológico»1
Para hacer frente a la crisis ambiental hay que sincerarse. No se le pueden achacar a los Estados sus malas actuaciones, convidarlos luego a asumir su responsabilidad con el planeta, sin reconocer que nos hallamos ante problemas coyunturales productos de un sistema económico globalizado que establece políticas de mercado cuya fidelidad no está orientada al respeto por la dignidad humana y la vida.
Hay que señalar sin miedo a los países del primer mundo, a las corporaciones transnacionales y a las organizaciones financieras internacionales que coaccionan a los países del tercer mundo a asumir medidas económicas que merman el bienestar social en beneficio de la actuación de empresas privadas, como ha sido el caso de los países latinoamericanos, que sometidos a las disposiciones del FMI y del Banco Mundial, han reducido su gasto público «dejando en manos de la iniciativa privada [...] servicios como educación, salud, vivienda, agua y drenaje, electricidad, comunicaciones, seguridad social, pensiones etc.»2
Un mundo sustentable no es posible de concebirse dentro de una economía que fomenta el consumo y, por ende, el desperdicio. Frenar el capitalismo y a su lógica de libre mercado que en la práctica pasa incluso por encima de los derechos humanos, puede parecer una propuesta difícil de lograr, pero espero que sea mucho más convincente que la idea, que da a entender el Papa, sobre que las leyes que reivindican los derechos de las parejas del mismo sexo tienen algo que ver con la crisis ambiental. Los gays culpables de los terremotos, como dijo un diputado israelí hace un par de años.
En fin, el discurso de Benedicto parecía acertado al comienzo, pero luego tuvo algunos problemas. En principio, careció de un señalamiento serio al omitir al primer mundo de la lista de países con una deuda pendiente con el medio ambiente, siendo que en esas naciones el consumo energético es mayor y es donde se produce más cantidad de desperdicios. En segundo lugar, perdió lucidez al forzar el tema de la diferencia biológica sexual y el aborto dentro de la crisis ambiental. Y por último, perdió toda legitimidad al pedir, en un supremo acto de caradurismo, que se les asegurara a las comunidades cristianas el «respeto, seguridad y libertad» que él mismo y la institución que representa no están dispuestos a conceder a la comunidad LGBT. «Pido que se haga todo lo posible para que [...] los cristianos puedan sentirse plenamente integrados en la vida de su país» dijo. Una petición noble en verdad, muy similar a la que el colectivo LGBT tiene años pidiendo y cuya legitimidad la iglesia católica no ha estado nunca dispuesta a reconocer.
Pretensiones literarias, reyertas políticas, convulsiones feministas y sobre todo, pulsiones homosexuales aquí, en el jardín del unicornio. ^_^