Cazador de Unicornios: por ser más alma que cuerpo menos árbol más rocio

El museo de los esfuerzos inútiles

El día de ayer tuve el honor de participar en la primera velada -de lo que espero sean muchas- del museo de los esfuerzos inútiles, una iniciativa que busca otorgarle a esta ciudad agónica un poco del esplendor cultural que tuvo hace años. Echarle sal y pimienta a Caracas pues.

Gracias a Marietta y sobre todo a Dianova que tuvo la gentileza de tomarme en cuenta…

Aquí dejo la selección de poemas (la mayoría reescritos, adecentados para la ocasión) que leí en la noche mencionada. Como dice Yolanda Patin: «El verso está por verse»

§

Pocas fueron las nueces

Pido excusas por este atentado contra la realidad
constantemente fallido,
que no acaba de cifrar rojos a los sucesos del domingo,
de resolverse en el reguero sangriento,
temido, pero esperado,
Requerido.

Pido perdón por disparar en círculos
y matar los antagonistas de cansancio,
por presentar esta trama ya conocida,
el lance resabido:
sí, de nuevo yo, yo mismo, en espiral.
Irresoluto.

Que vergüenza la de mis palabras
sin controversia.
El traje repetido.
Hasta cuándo será el leitmotiv
que a fuerza de decir lo mismo
ya no dice nada.

Que descaro el mío en la tarima
la misma sonrisa afectada,
disfrazándome de novedad en cada encuentro,
procurando hacer mucho ruido:
juglar, polichinela, saltimbanqui, declamante,
simple guiñol.

Que triste mi papel
cuando ya ha sido representado
mucho mejor por otros.
Sin libros que comer,
sin cruces que besar,
se agota el público que pregunta: «Javi… para cuándo el idilio»

Viajante de noche

Los cocoteros se derraman por la ventana del autobús.
Siembran el paisaje lejano de secretismo,
llenan de misterio la emboscada.
Nadie sabe si fueron sembrados por mano alguna
o si surgieron hermosos, sin aviso,
durante una noche sin custodia.

La carretera se dibuja en el límite redondo de los ojos.
Filtra un mensaje en el traquetear de la ventana,
canta el motor su letanía.
Esta allí el sentido de todo viaje
cruzar las distancias,
abatir la lejanía.

Se apodera la noche del cielo por parcelas.
Cruza descalza la nube encandilada
impertérrita, cruel, indiferente, intacta.
Desde su alta habitación contempla
el reguero sangriento, la cumbre manchada
por el sol en su hora de agonía.

Viene colgado un lamento en las luces del auto que se acerca
«de lejos me traen… más lejos me llevan» dicen.
El designio del alma que empuja al cuerpo.
Hasta cuando el engaño de la promesa?
el latido enamorado, encendido quizás
por una caricia al borde de la ausencia.

Quisiera ahora echarme a llorar
por el mutismo de los cocoteros,
por la carretera cifrada,
por la nube que de alta se ha vuelto inalcanzable,
por ese falso designio de ruta prometida
en una travesía sin punto de llegada.

Por que ay, imbécil de mí,
aún sabiendo el esfuerzo inútil
quisiera embarcarme en otro viaje.

Abatir la hembra

De montañas enormes
y de colinas pequeñas
coronadas de pezones
rosados, morenos, jóvenes, erguidos
camina la calle toda, batiéndose
en la blusa aireada:
cimas orgullosas
veladas por nubes de tela.
Inconquistables.

Son para mí peor que la afrenta
de esta hambre que desatan,
causales de mi salivación.
No pasarán sin macula,
no sin adjudicarles
la impronta de mi lengua
con bastarda galantería:
la babaza impune, lamiendo a distancia
la cresta anhelada…

Con trote sutil de gacela
las piernas al centro encontradas,
escondiendo en vaivén
la gruta profunda
yo, presintiendo bajo la falda
al animal ignoto,
bestial, velludo, come-hombres.
Eje de poder, égida de gorgona,
cábala interdicta.

Apalearé con cetros de madera
la pequeñez de mi cetro expuesto.
Vapulearé la provocación a mi gozo
efemérido, precoz, de 5 minutos.
Acabaré con el animal que me domina
caníbal insatisfecho.
Moleré a golpes su naturaleza esquiva,
rescindirles el misterio, volverlas pequeñas,
matarme el miedo.

Sí, te temo
mujer antagonista
pues Dios me hizo del polvo y me mojas,
me amasas barro
mi Dios, que hombre, lo vuelves arcilla.
¡Bruja! Tú tienes poder de envilecerme,
y no lo sabes,
así, debo empujar tu frente bajo el agua
mantenerte sumergida, ignara,
abatir la hembra mientras convicta.

El día que el amor reventó

El día que el amor reventó
sucedieron tres cosas interesantes:
La primera de ellas, la más trágica creo yo,  fue el llanto
que le dió cacería a los corazones desvencijados.
Los buscó a lo largo y ancho del mundo
abatiendo primero a los de estirpe solitaria.
A todos y todas encontró.
Hizo que les creciera el corazón enorme
hasta estallarles en el pecho,
Murió un gentío.
Recuerdo los edificios chorreando llanto por las ventanas.
Las calles anegadas por la vaguada,
noviecetes adolescentes, enamorados, también murieron
por la pugna revanchista del desamor ensañado en una última y larga estocada.

Lo segundo fue lo menos importante, a mi parecer:
el asunto pueril de cargar los fusiles con semillas.
Desapareció la pólvora toda.
Los hombres violentos casi si notaron el cambio.
Una lluvia de metralla lo mismo que de margaritas.
Las declaraciones de guerra fueron entonces
no más que el discurso perfumado que anticipaba la primavera,
una contienda que se debatía a punta de petalazos.

Lo último que pasó, lo más impresionante,
fue la desaparición súbita
de todos los barrotes.
Nada podía ser retenido ya.
Los manicomios y prisiones quedaron vacíos.
Las novias lloraban las alianzas perdidas de sus dedos
y una nube gigantesca, chillona y colorida
apareció en todos los cielos.
Millones de aves en desbandada
graznaban oscureciendo el firmamento
en la noche imprevista en que se volvieron promesas todas las jaulas
y todos los estados civiles libérrimo.

El día en que reventó el amor
no cesaron las guerras.
Las locas y los presidiarios se alzaron en contra de los cuerdos
con su armamento vegetal.
Mientras que nuevos corazones se hinchaban de lágrimas
por la perdida de aquellos amores que creían presos,
pero que como las aves, trinaban volando libres por el cielo.

Poda

a AEB

Y se habrán robado todas las amapolas
de los bordes ansiosos de las ventanas ,
las caminerías despojadas
por completo de las azaleas ,
arrancado de los muros la hiedra
revelando las marcas de su abrazo,
y barrido las hojas de las azoteas
atestadas de recuerdos.

Crearon una ciudad nueva
y no nos dimos cuenta.
Qué haremos cuando acudan en bandadas
los corazones extraviados
preguntándose , ¿por dónde era?
Qué le diremos a Neruda cuando pregunte
por la tarde funesta en que quitaron
la primavera de la calzada.

Alguien que le diga a Florinda
¡por amor a Dios! que ya no espere,
que remueva de su cara
esa sonrisa imbécil.
Que le robaron del puño los girasoles.
Que donde antes tenía flores
hace rato que el aire juega
a perseguirse a sí mismo.

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