A veces, Majin Boo
A veces pienso en Majin Boo y me entristezco. No es mala persona, quizás un poco aburrido, pero eso todo. A la final todas las personas podemos llegar a ser aburridas en algún momento, no? Nada grave.
Majin Boo es más bien una buena persona, un buenón (es decir un bueno-güebon) como dirían algunas de esas gentes que son afectas a la viveza y el oportunismo y que, tristemente, abundan en Venezuela. Yo, más bien lo veo como un hombre lleno de mansedumbre.
Ahora, que eso de la mansedumbre sea una cualidad buena o mala, funcional o práctica, ya es otra cosa.
La última vez que lo vi fue hace un par de años cuando iba rumbo a mi trabajo. Ese día llegué tarde a la parada y el autobús estaba a punto de arrancar. Cuando me monté lo hallé sentado solito en el primer asiento. No sé explicar exactamente el gesto que hizo con el rostro cuando me vio. Creo que fue alivio. Alivio de ver una cara amable cuando no esperaba ninguna y de que por fin a alguien no le importara compartir el puesto.
Yo, que también puedo ser considerado un buenón, no lo pensé dos veces para sentarme con él. Bastante duro debe ser soportar el rechazo de la gente como para también, de paso, la indiferencia de los amigos. Sin embargo, debo confesar, que de no haber sido Majin Boo sino otra persona en su misma situación, yo hubiese buscado otro asiento.
Y es que Majin Boo pesa más de 130 kilos.
A veces pienso en Majin Boo y me entristezco pues me pongo en su lugar. Imagino lo que siente cuando debe tomar transporte público. ¿Irá al cine o ya habrá renunciado a ir? En mi universidad, la universidad central de Venezuela no hay pupitres para personas de su talla. La ucv les queda pequeña. El año pasado me mandó un texto preguntándome si sabía de algún trabajo, pero yo me preguntaba, ¿quién le da empleo a un potencial candidato a infarto? ¿que empleador va a meter en un cubículo a un hombre como él? Los puestos de trabajo le quedan pequeños.
Mi país, este país, le queda pequeño.
Yo comparto con Majin Boo el resto del viaje sentado a su lado. El habla de las cosas de las que hablan los niños grandes, su discurso de adolescente eterno. Son las 6 de la mañana y tengo sueño, pero aún así lo escucho. Pienso que le salvé la mañana al sentarme a su lado. Lo salvé de un día más de indiferencia y de exclusión silenciosa. Al menos por este día, por esta mañana. Me cuenta que va a meter currículo en un trabajo. Pienso si él sabrá que hay recepcionistas que botan en la papelera los currículos de los candidatos que ellas mismas consideran “no-elegibles”. Pienso si él sabrá que su peso es una traba para conseguir un puesto en alguna oficina. Mientras, el traqueteo del autobús nos acerca, me adormezco.
La mansedumbre no es suficiente en esta vida -pienso mientras me voy recostando del hombro acolchado de Majin Boo- hay que tener viveza para sobrevivir. No sé si él lo sabe. El autobús continúa su vaivén y es como estar sentado al lado de una enorme almohada tibia. Él sigue hablando y yo apenas puedo mantener abiertos los ojos. Ser entretenido no es su virtud, ya lo había dicho, pero qué importa, si es un chico amable como pocos. Amable y tierno. Manso.
Me duermo. No hemos alcanzado el final de la Avenida San Martín cuando ya estoy rendido sobre él y sueño… con un mundo más grande, más amplio, tan suave y tibio como él, un mundo donde quepamos todos y todas. En fin, un mundo a su medida.

Pretensiones literarias, reyertas políticas, convulsiones feministas y sobre todo, pulsiones homosexuales aquí, en el jardín del unicornio. ^_^