Cazador de Unicornios: por ser más alma que cuerpo menos árbol más rocio

El sueño “matriótico” de Cindy Sheehan

Cindy Sheehan vivía dormida. En su suburbio de California soñaba despierta con lo que quedó del antiguo sueño americano: un sueño inquieto donde la fama y el éxito quedaban deslucidos por un trasfondo que incluía atentados con aviones y torres derruidas. Un sueño intranquilo que comenzó a hablarle de patriotismo para convencerla de la necesidad de mandar a uno de sus hijos a una guerra preventiva.

El largo letargo de Cindy culminó el 4 de abril de 2004 cuando se enteró que su hijo mayor, de 25 años, había muerto en la guerra con Irak. Un precio bastante alto para despertar.

Hoy Cindy se presentó en los jardines del Centro Cultural la Estancia, tristemente ante un público magro, a dar testimonio de lo que ha sido su lucha anti-bélica en Estados Unidos y, más que para hablar, ha venido también para observar de cerca el proceso comunitario e inclusivo que se vive en Venezuela y así, según lo dice ella, «inspirarse». «No vine a hablarles de las atrocidades que ha cometido el imperio» dice, «ustedes seguro las conocen mejor que yo. Vine a inspirarme y llevar ese conocimiento de vuelta a casa».

Cindy, una mujer rubia americana, no vino con intención de enseñarnos nada y el que ella misma lo diga me sorprende. La humildad no es precisamente la cualidad con la que se conoce a los y las americanos/as. Ya no está presa de ese sueño de falsa superioridad que embota a tantos. Cindy tiene la lucidez de una persona despierta.

«Ellos tendrán el dinero y tendrán el poder, pero nosotros tenemos los números» dice, pues esta clara que una revolución se vuelve imparable si se logran sumar y unir conciencias.

Al falso «patriotismo» que ella misma descarta por sonar demasiado masculino y patriarcal, opone su «matriotismo» que es un amor a la patria en que naciste accidentalmente mientras conservas un respecto profundo por la patria de los otros/as. El matriotismo no manda a sus hijos a matar a otros hijos ajenos.

Dice lo anterior mientras se regodea por haber encontrado a muchas mujeres líderes en lo que fue su pequeño recorrido por las barriadas de Caracas. En las mujeres, en las madres en especial y en la comunidad unida es donde parece hallar su respuesta, es la hermandad de todo el pueblo americano (americanos somos todos según ella) y en el despertar de las conciencias de sus coterraneos/as donde está la clave para echar abajo un imperio que amenaza con comerse al mundo.

Un pensamiento inquietante ese: que sea el mismo pueblo norteamericano el que geste su propia emancipación de un poder que los oprime, asfixia y embrutece a ellos y ellas tanto como a una gran parte del planeta. Una rara reflexión esa: que seamos nosotros y nosotras quienes orientemos el destino de una nación tan agostada por el consumismo.

«Hay tres clases en Norteamérica» señala, «la clase ladrona, la clase que se deja robar y la policía política» dice mientras recuerda los continuos enfrentamientos con la policía y los ataques mediáticos que ha recibido. El ciudadano norteamericano sólo conoce de deudas, los servicios hospitalarios son tan caros que endeudarse con un seguro es la única opción antes que la muerte, las universidades sólo son accesibles a la «clase ladrona», algunos jóvenes de clase media tienen que trabajar hasta tres jornadas laborales para pagar una licenciatura, jóvenes demasiado agotados y endeudados para activarse en una lucha política. La quimera dorada americana hace tiempo que no existe. El Estado norteamericano juega a poner en jaque a sus ciudadanos/as.

«Es hora de disipar el mito», dice una mujer que hasta hace unos años soñaba despierta en su cocina californiana y que ahora lanza discursos anti-bélicos alrededor del mundo, un discurso que huele a feminista.

Ese es el nuevo sueño de Cindy, una realidad distinta para Norteamérica, un país donde el Estado se ponga a derecho, donde las gentes despierten del individualismo al que las conduce el consumo desmedido, agotando así las barreras que los separan y les impiden unirse y trabajar en comunidad. Un mundo donde puede derrocarse al capitalismo. En fin, un hermoso sueño, pero al menos uno que se ha forjado ella misma y no como el otro, que le había sido impuesto.

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