¡A callar ese cuerpo rarito y malhablado!
consideraciones en torno al cuerpo femenino-transexual-desnudo como aparato discursivo, contestatario y contra-hegemónico desde una perspectiva queer1
I
En el 2008 se realizó en Caracas la 8va marcha de Orgullo LGBT. Esa fue la primera marcha a la que asistí, y de entre todas las cosas la que más recuerdo fue cómo, de entre la ríada de gente que acudió aquel día, surgía una criatura que acaparó la atención de todos y todas por un instante. Una mujer transexual, apenas cubierta por una malla negra de cuerpo entero, divina, marchaba triunfante con los senos al aire, impúdica como la esfinge de Ramos Sucre quien, en cuyo poema, habla casualmente del ordenamiento del organismo siguiendo una proporción armoniosa entre el medio y el fin.
Y surge aquí una primera reflexión. ¿Puede el cuerpo ser un medio para lograr un fin, más allá del fin predestinado por la biología? ¿Un instrumento que garantice la consecución de ciertos objetivos, objetivos diferentes, por supuesto, a los fines naturales? O pensando más allá, intervenir el propio cuerpo, cambiar la ordenación divina, no es ajustar acaso el medio, pretendiendo así que cada uno/una escoja su propio fin?
Foucault, en los anormales, lanza una línea de pesca muy, muy atrás, hacia el pasado de las prácticas de la Iglesia católica, específicamente hasta el origen de la llamada penitencia. Él busca no tanto hallar el origen de la llamada anomalía sexual, sino más bien su entrada dentro de la jurisdicción del discurso médico-psiquiátrico de comienzo de siglo XIX.
En su trabajo Foucault hace emerger de las aguas como una anadiómene, no a una Venus de formas armoniosas, sino al cuerpo abigarrado de ese “arsenal teórico” –como él mismo lo llamó– , a ese exceso de producción intelectual que engendró el Concilio de Trento, un conjunto extenso de normas e instrucciones detalladas con las cuales practicar la penitencia, de factura tan sofisticada que, aunque pensada para el vulgo en un principio, sólo pudo ser aplicada sobre los cuerpos que se hallaban más al alcance de la mano: los cuerpos de seminaristas, sacerdotes y monjas de claustro.
Aquí Foucault explica el establecimiento de lo que él denominó un “régimen discursivo sexual” que se basó en la continuidad y exhaustividad de un aparato discursivo que aún hoy en día pervive y que conocemos como “la confesión”. Por motivo de espacio no voy a extenderme en la explicación que Foucault hace sobre lo que ocurría dentro de ese ingenio tan agarofóbico que fue el confesionario. Sólo señalaré que a ellos entraban gente cuerda y salían monstruos foucaultianos: como fueron las famosas posesas y endemoniadas del convento de Loudun, en Francia.
Cuerpos sometidos durante centurias a la acción performativa de un discurso que los moldeaba a su antojo y sujetaba a un fin, a un destino. Cuerpos moldeados en un principio por la horma del cilicio, mortificados por ese camisón de pelambre voluntario que recetaba la penitencia medieval como cura de los pecados. Cuerpos, en definitiva, que una vez estuvieron bien sujetos, reprodujeron para sí mismos el discurso que los maniataba, tan asfixiantemente, que en la época ilustrada comenzaron a surgir de este mueble confesionario, cuerpos convulsionados, como peces arrancados del mar. Cuerpos que, finalmente, escaparon del claustro por obra y gracia de Dios, sólo para terminar ocupando las esquinas de las malhadadas instituciones psiquiátricas.
II
Vayamos de regreso con la mujer transexual.
La mujer se pasea con los senos al aire, es filmada, es fotografiada, y poco faltó para que le pidiesen autógrafos. Ella es la celebridad del momento. Un amigo dice en cuanto la ve: “Esooo! Ella es lo mejor de toda la marcha!”. Y yo pienso que sí. En un evento como la Marcha de Orgullo de aquel año, criticado por muchos y muchas por su alarmante falta de contenido político, la trasgresión de unos senos al aire, la impunidad del destete y desnalgue autorizado y a resguardo entre la multitud es un hecho de claras contra-posiciones políticas, ¿o no?
A diferencia de los cuerpos moldeados en sujeción, como los que mencioné anteriormente, el cuerpo trans se moldea a sí mismo –me refiero específicamente al cuerpo femenino–. Se interviene con silicona, se rebaja huesos, se ajusta la nariz, se mete hormonas, se depila con electrolisis, (al menos en el caso de las más afortunadas), todo para ajustar la forma, lo mejor posible, al género correspondiente. Pero esto conlleva implícita ciertas contradicciones.
¿Es el cuerpo de la trans una especie de tábula rasa, es ella un agente libre en verdad, como para suponer que las intervenciones que procura sobre su sí misma no son ya de por sí el resultado… el efecto residual de la acción de un poder anterior? Butler, analizando un pasaje de Hegel, explica la Dialéctica del amo y del esclavo como un juego de identidades, en donde el amo, al apropiarse del cuerpo del esclavo se apropia así de su trabajo. El esclavo reconoce su firma en las cosas que hace, y siente tristeza ante la expropiación. Reconoce también en sí mismo, la acción del amo que lo impersonifica (que lo actúa o representa usando su cuerpo). De alguna extraña manera, el cuerpo del esclavo es el cuerpo del amo y viceversa, y al final, el esclavo termina adquiriendo conciencia de esto. El esclavo, concluye Butler, con esta nueva conciencia se emancipa convirtiéndose ahora en amo de sí mismo, pero, (añade Butler en una línea final antipatiquísima) el esclavo continua siendo esclavo, pero ahora de sí mismo.
Podemos sospechar entonces que esa misma alquimia butleriana sucede en el cuerpo de la trans. ¿Es ella amo de su cuerpo y destino aún cuando la concepción binaria de los sexos, el macho, la hembra, la precede desde hace mucho? ¿Es ama y señora del rol que ella escoge, aún y cuando la definición de roles escapa a su alcance? ¿Sus tetas malhabladas, su culo contestarlo, son muestra de un discurso original o tristemente son la cadencia esperada del discurso del amo, del verdadero amo, del amo anterior, que nos emplaza a jugar los mismos roles de género, de sexualidad binaria a la que estamos acostumbrados… a la que estamos sujetos?
Para mí, el cuerpo trans femenino posee, sin embargo, un discurso valioso, en cuanto contestatario, salga o no a marchar con las tetas y el culo al aire. Es el discurso de la mujer que no envidia el pene. Es el discurso tan chocante para el patriarcado, puesto que habla de pipís cercenados (¿¡y quien, por amor al Dios patriarcal querría deshacerse de un pipí!?). Es el discurso que habla de unas tetas destinadas al placer y no a la lactancia. Que destrona de su sitio privilegiado entre las piernas al miembro viril, para entronizar en su lugar a la vagina acontecida. En fin, el cuerpo trans recita uno de esos discursos nefandos, hórridos y antipáticos que, potencia al sujeto femenino como una actora consciente del uso que da a su cuerpo y de su propio destino.
Notas
- Ponencia llevada a las IV Jornadas de Diversidad Sexual UCV [↩]

Pretensiones literarias, reyertas políticas, convulsiones feministas y sobre todo, pulsiones homosexuales aquí, en el jardín del unicornio. ^_^