Cazador de Unicornios: por ser más alma que cuerpo menos árbol más rocio

El Proyecto Nacional como un acto de fe

Ensayo para Formación Social Venezolana

La separación con la República de Colombia fue, en gran medida un acto de fe. La desavenencia de la ideología liberal, que se vio así misma como entrampada dentro del proyecto Gran Colombino, fue decisiva. La desconfianza que suscitaron las propuestas integracionistas con claros matices conservadores, precipitaron la salida de las provincias venezolanas del pacto. La confianza en un proyecto nacional diferente al soñado por Bolívar vendría a orquestar el ruedo político de, prácticamente, la totalidad del siglo XIX.

Fue un acto de fe, insisto, por la clara falta de perspicacia de los líderes militares de aquel momento quienes ganaban plazas en nombre de la independencia solo para volver a perderlas momentos después, produciendo en las gentes un alarmante efecto de incertidumbre. Fue un acto de fe pues desconfiaron en la integración Gran Colombina para confiar en la propia, aún conociendo el profundo regionalismo que predominaba en las provincias. Fue confianza ciega en las leyes, tal cual exhortaba el mismo Paez en defensa de las instituciones y en la Constitución recientemente creada y, finalmente, fue un acto de fe al confiar de forma plena en las virtudes del pensamiento ilustrado como en la panacea que llegaba desde Europa a curar todos los males de una sociedad vista como atrasada y supersticiosa.

Así, la Carta Magna sería como el libro sagrado de donde se sostendrían los corazones esperanzados en un proyecto de integración nacional y los magistrados y todas aquellas personalidades ligadas al desempeño de la labor pública se constituirían en apóstoles, encargados de mantener vivo el apego a la legislación y el respeto a las instituciones.

Demasiada fe, quizás, en el desempeño de aquellas personalidades que el tiempo y las circunstancias se encargarían de revelar como pobres de espíritu, escasos de aquella fe que ellos mismos auspiciaban.

Mirla Alcibíades nos cuenta como la prensa escrita fue decisiva para destronar la confianza que, desde el imaginario público, se tenía en la actuación de los magistrados. Era común encontrar en los periódicos, artículos que manifestaban públicamente la indignación que sentían algunos conciudadanos ante las acciones de ciertos personeros públicos de quienes se esperaba un comportamiento intachable.

Poco a poco la fe en las instituciones y en la Constitución fue menguando ante la clara falta de compromiso, la manifiesta corrupción y el comportamiento descarado de aquellos en quienes el pueblo depositó su confianza para la conducción del naciente país.

Finalmente, la Constitución misma quedaría herida de muerte cuando, en el frustrado alzamiento de Monagas, el magisterio opte por una salida diplomática en vez del duro castigo ejemplarizante prescrito en la legislación.

Es en tal panorama cuando aparece el concepto de la Moral como el nuevo paradigma que conduciría a buen término el destino de la nación.

La Moral, como concepto difuso entre la ética y la virtud, acarrea dentro de sí la promesa de “orden y progreso”, el triunfo de la razón y, de nuevo, la fe en las instituciones. Europea en sus orígenes, la moral de los individuos como valor simbólico se asentó en el país en el momento mismo en que la fe en la legislación declinaba. De alguna manera, la moral se convirtió en el elemento indispensable para lograr el proyecto nacional, de forma tal que el fracaso de la Constitución se entendió como a la falta de un verdadero espíritu noble –nobleza, claro está, que sólo era posible alcanzar a través de la moral.

A esta época de compromiso moral, Carrera Damas adjunta todo un nuevo impulso progresista que, viviría su punto álgido con la llegada al poder de Antonio Guzmán Blanco. El “Ilustre Americano” no sólo convendría en usar la moral para dar alcance al proyecto patrio, sino también se esforzaría por traer el pensamiento ilustrado europeo del cual, él mismo, estaba imbuido.

Un nuevo salto de fe alzaría el vuelo. Fe, esta vez, en la razón como única vía válida para alcanzar el progreso. Una fe, vale aclarar, celosa de su templo y que buscaría desbancar a otras creencias de tradición más antigua, como lo fue la religión católica. De allí la clara y, a veces, agresiva actitud anti-clerical del guzmanto. Una actitud quizás demasiado impetuosa y que, como revelaría la historia de ese período, debió finalmente de replegarse y ceder espacios.

Tristemente, esta nueva confianza que buscaba asiento y asidero en los ecos del “moral y luces” del Libertador, era impuesta a una gente que en su mayoría seguía arrastrando las viejas penurias que les legó un pasado lleno de guerras y desaciertos políticos y económicos. El “Culto a Bolívar” vendría a disputarse con el catolicismo un espacio en el corazón desconsolado de los venezolanos, complementado, quizás, las antiguas, pero aún vigentes promesas de un Cristo caritativo y sus improbables bienaventuranzas.

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