Cazador de Unicornios: por ser más alma que cuerpo menos árbol más rocio

¿Qué tipo de Occidente somos?

A Fidel,
para quien ser occidental y estar occidentalizado es lo mismo

Describir lo occidental como un modo de vida particular y circunscribirlo a un lugar en específico parece algo sencillo. Cualquiera puede cerrar los ojos e imaginarse un grupete de naciones europeas junto a un par de naciones americanas habitadas por una etnia mayoritariamente blanca con un sistema de vida basado en el capital. Claro, la cosa tiende a complicarse si le sumamos un continente que flota solitario en Oceanía y, de paso, le agregamos el resto de América –la del medio y la del sur–. Así, la especificidad del Mundo Occidental no pareciera radicar ni en la longitud geográfica que ocupa en el mapamundi, ni en un grupo étnico en particular ni, por ende, en una sola cultura.

No se puede entender tampoco por contraste. Compararlo con aquello que le es exótico sería como decir que Occidente es todo lo que no sea Asiático, Árabe o Nórdico. Si fuese cierto, habría que asumir que todo el resto del mundo no se ve influenciado a su vez por la cultura occidental, que Asia, por ejemplo, se resiste a la difusión tecnológica y de información que caracteriza al mundo globalizado para no sumar matices a su cultura o que el mundo septentrional avanza indiferente  e inalterado por la vanguardia cultural de sus vecinos. Los límites que dibujan el ámbito occidental, si bien son fáciles de establecer en un trazado histórico, no parecen estar en la actualidad bien definidos.

Parece que sólo se puede afirmar con certeza que el Mundo Occidental es un conglomerado de etnias y culturas fusionadas en una amalgama de naciones, irrestrictas a una porción única del planeta, unidas –hasta los momentos– por un eje común: el sistema capitalista.

¿Quiere decir que si Venezuela dejara de ser capitalista ya no sería parte de Occidente? Probablemente no, seguiría siendo parte del Mundo Occidental, pero una parte “pudenda”, no como un pene –que para ser una simple anatomía detenta poder–, más bien una parte bochornosa, como el ojo del culo de Occidente, algo parecido a lo que mediáticamente ha sido reducida Cuba (que, sin embargo, está entre los países con Desarrollo Humano Alto).

¿A que viene entonces decir que somos una sociedad occidentalizada mas que una sociedad occidental propiamente dicha?

Pues, al parecer hay diferencias de grado con eso de ser Occidente. En este selecto grupo al que pertenece Venezuela, no todos somos iguales. Hay naciones de primera categoría y otras de tercera. Así, la cultura, la economía, la ciencia y el conocimiento que se imponen son las que pertenecen a los países del primer orden, quedando las del resto de los países invalidadas, desacreditadas y sujetas a la influencia de aquellas.

Nuestra cultura, por ende, no es la que se masifica y se exporta, nuestra ciencia sólo adquiere reconocimiento si se desarrolla en otras tierras y nuestra economía no nos sirve para competir en el mercado globalizado, para garantizarnos prosperidad e independencia, sino para abastecer y suplir la demanda de otros.

Bajo esas condiciones es lógico que la perspectiva con que algunos/as de nosotros/as nos observamos sea la que nos muestre como un país occidentalizado –fuertemente occidentalizado vale aclarar–, como una porción de tierra trabajada con un arado cultural foráneo para facilitar la explotación de nuestro mercado, de la mano de obra, y la apropiación de nuestro intelecto.

Sin embargo, decir que somos únicamente un país occidentalizado es faltar un poco a la realidad, es, a mi parecer, negarse a ver una condición como propia en virtud de la tenencia de un pasado distinto, donde lo autóctono tenía una forma esencialmente diferente a la cultura  actual. Pero temo que habría que excavar demasiado profundo para hallar ese pasado que nos deslinda de Occidente, habría de regresar muy atrás hasta perder incluso la identidad venezolana misma. Un pasado prehispánico que por lo anciano ya no nos pertenece y con el cual sólo podemos relacionarnos por el simple hecho de haber acontecido  sobre la misma tierra.

Somos occidentales, sí, pero en minusvalía, incapaces del prestigio o de la arrogancia que distingue al Occidente hegemónico, y estamos occidentalizados en la medida que el coloniaje cultural atenta con extirpar de nuestro acervo la especificidad que heredamos de siglos pasados y que aún nos identifica y nos distingue del resto de la región.

¿Somos occidentales? Sí. Querámoslo o no pertenecemos a esa amalgama cultural que compacta y unifica el modo de vida de Occidente.

¿Somos occidentalizados? Sí. En cuanto el Occidente hegemónico se nos impone incesantemente y nos obliga a tragarnos lo dulce con lo amargo, aun y cuando como venezolanos/as tengamos una especificidad y en reconocimiento a ella algunos de nosotros/as nos resistimos a perderla o concederla.

Así que, mi querido Fidel, barba rubia, creo que comparto en algo tu posición –aunque a veces me da piquiña tu retórica–, pero no te confíes, aunque la comparto me parece que lo hago desde una atalaya diferente.

A Fidel,

para quien ser occidental y estar occidentalizado es lo mismo

Describir lo occidental como un modo de vida particular y circunscribirlo a un lugar en específico parece algo sencillo. Cualquiera puede cerrar los ojos e imaginarse un grupete de naciones europeas junto a un par de naciones americanas habitadas por una etnia mayoritariamente blanca con un sistema de vida basado en el capital. Claro, la cosa tiende a complicarse si le sumamos un continente que flota solitario en Oceanía y, de paso, le agregamos el resto de América –la del medio y la del sur–. Así, la especificidad del Mundo Occidental no pareciera radicar ni en la longitud geográfica que ocupa en el mapamundi, ni en un grupo étnico en particular ni, por ende, en una sola cultura.

No se puede entender tampoco por contraste. Compararlo con todo aquello que le es exótico sería como decir que Occidente es todo lo que no sea Asiático o Nórdico. Siendo así, habría que asumir que todo el resto del mundo no se ve influenciado por la cultura occidental, que Asia, por ejemplo, se resiste a la difusión tecnológica y de información que caracteriza al mundo globalizado y que el mundo septentrional avanza inalterado e indiferente de la vanguardia cultural de sus vecinos. Los límites que dibujan el ámbito occidental, si bien fácil de establecer en su historia, no parecen estar en la actualidad bien definidos.

Parece que el Mundo Occidental es un conglomerado de etnias y culturas, una amalgama de naciones irrestrictas a una porción única del planeta, unidas –hasta los momentos– por un eje común: el sistema capitalista.

¿Quiere decir que si Venezuela dejara de ser capitalista ya no sería parte de Occidente? Probablemente no, seguiría siendo parte del Mundo Occidental, pero una parte “pudenda”, no como un pene –que como simple anatomía detenta poder–, más bien una parte bochornosa, como el ojo del culo de Occidente.

¿A que viene entonces decir que somos una sociedad <em>occidentalizada </em>mas que una sociedad <em> occidental</em> propiamente dicha?

Pues, al parecer hay diferencias de grado con eso de ser Occidente. En este selecto grupo al que pertenece Venezuela, no todos somos iguales. Hay naciones de primera categoría y otras de tercera. Así, la cultura, la economía, la ciencia y el conocimiento que se imponen son las que pertenecen a los países del primer orden, quedando las del resto de los países invalidadas, desacreditadas y sujetas a la influencia de aquellas.

Nuestra cultura no es la que se masifica y se exporta, nuestra ciencia sólo adquiere reconocimiento si se desarrolla en otras tierras y nuestra economía no nos sirve para competir en el mercado globalizado, para garantizarnos prosperidad, sino para abastecer y suplir la demanda de otros.

Bajo esas condiciones es lógico que la perspectiva con que nos observamos sea la de un país occidentalizado –fuertemente occidentalizado vale aclarar–, como una porción de tierra trabajada con un arado cultural foráneo para facilitar la explotación de nuestro mercado, de la mano de obra, y la apropiación de nuestro intelecto.

Decir que somos un país occidentalizado es negarse a ver una condición como propia en virtud de la tenencia de un pasado distinto, donde lo autóctono tenía una forma esencialmente diferente a lo actual. Pero temo que habría que excavar demasiado profundo para hallar ese pasado que nos deslinda de Occidente, habría de regresar muy atrás hasta perder incluso la identidad venezolana misma. Un pasado prehispánico que por lo anciano ya no nos pertenece y con el cual sólo podemos relacionarnos por el simple hecho de haber acontecido, ellos/as y nosotros/as, sobre la misma tierra.

Somos occidentales pero en minusvalía, incapaces del prestigio o la arrogancia que distingue al Occidente hegemónico, y estamos occidentalizados en la medida que el coloniaje cultural atenta con extirpar de nuestro acervo la especificidad que heredamos de siglos pasados y que aún nos identifica y nos distingue del resto de la región.

¿Somos occidentales? Sí. Querámoslo o no pertenecemos a esa amalgama cultural que compacta y unifica el modo de vida de Occidente.

¿Somos occidentalizados? Sí. En cuanto el Occidente hegemónico se nos impone incesantemente y nos obliga a tragarnos lo dulce con lo amargo. Tenemos como venezolanos/as una especificidad y en reconocimiento a ella algunos de nosotros/as nos resistimos a perderla o concederla.

Así que, mi querido Fidel, creo que comparto en algo tu posición –aunque a veces me da piquiña tu retórica–, pero no te confíes, aunque la comparto me parece que lo hago desde una atalaya diferente.

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