Cazador de Unicornios: por ser más alma que cuerpo menos árbol más rocio

La mala educación

Tengo derecho de sentir rabia, de manifestarla, de tenerla como motivación
para mi pelea tal como tengo el derecho de amar, de expresar mi amor
al mundo, de tenerlo como motivación para mi pelea porque, histórico,
vivo la Historia como tiempo de posibilidad y no de determinación.

Pedagogía de la autonomía. Paulo Freire.

La casa de Jessie está llena de recovecos a los que no accedí, pero que dan la imagen de un laberinto, de caminos que se intervienen unos a otros y que deparan, sin maniqueísmos de ningún tipo, consternaciones; como si en ellos se instalara un aire de sospecha; también, como si ellos fuesen la promesa de algo por descubrir, algo, que está más allá del bien y del mal. La casa de Jessie también parecía un país, ese 17 de julio, y a veces un continente, lleno de colores y acentos; lleno de exilios. Me parece que esa última palabra puede ayudarme a describir la primera parte del día, o su aroma, o su latencia: el exilio de la madre, del padre, de una tierra, de una libertad, de un deseo de vivir el mundo, de un sistema social que puja muy duro para convocar silencio y sumisión, y que en respuesta recibe rebeldía; un No camusiano rotundo: ese No que afirma una desesperación por vivir.

Mientras escuchaba las historias de las compañeras que estaban allí reunidas, en ese inmenso y tenue salón, no podía dejar de pensar en los memoriales de agravios, ni en los cuadernos de quejas previos a la Revolución Francesa; también pensaba en Celan y en su insistencia para que también tú, muerta, yacente, silenciada, hables; aún cuando esa voz salga a través de la boca de otras mujeres que dan testimonio del silencio histórico, articulándolo en sus gestos de serena bizarría. Una fuerza frágil, si se me permite el oximorón. El pasto, los árboles, la mesa servida, la ciudad detrás; historias que convocaban recogimiento, risa, llanto. ¿Por qué razones estaban allí reunidas aquellas mujeres contando esas historias íntimas sobre pérdidas y desilusiones, sobre deseos y luchas? ¿Por qué simplemente no se callaban? No es sencillo hablar; no es sencillo contarse en público, aún cuando ese contarse sea un bosquejo, como todo relato que sugiere y abre la puerta. La única respuesta que me di es que hablar es construir, y no se construye sobre la nada, sino sobre las ruinas. Y construir es vivir.

Una fuerza sutil, repito: como la de Lídice con su Hondura a cuestas, o como las lágrimas de Eglimar y de la compañera que viene llegando de Argentina, o como las manos delgadas y frágiles de Gioconda que contrastan con la firmeza de su voz. La impresión de que es posible edificar una fuerza poderosa y sostenida sin caer en el arrollamiento violento y demoledor del sistema en que vivimos. Tal vez una utopía fundamentada en la rabia justa de la que nos habla Freire, esa rabia que crea democracia, como si las mujeres reunidas ese sábado en El Taller de Definiciones Estratégicas de la Araña Feminista, se estuviesen asumiendo como un “ser social e histórico, como ser pensante, comunicante, transformador, creador, realizador de sueños, capaz de sentir rabia porque es capaz de amar”.

Tal vez yo estaba allí por las razones equivocadas, no lo sé (a veces, como dice Pavese, una busca una cosa y encuentra otra), pero lo que sí sé es que ese día no quería estar en ningún otro lugar sobre la tierra; a pesar del cansancio de mi cuerpo, todo, simplemente, estaba bien. Me maravillaba la sensación de que una democracia distinta y más solidaria era posible, de que allí (citaré nuevamente a Freire) parecía evidenciarse “La solidaridad social y política que necesitamos para construir una sociedad menos fea y agresiva, en la cual podamos ser más nosotros mismos…”. Tal vez, también peque de ingenua, pero a veces me doy ese permiso, no de otra forma se puede comenzar a creer en las utopías.

Lo primero que hicieron al mediar la tarde fue tratar, en un intercambio de opiniones, de definir los objetivos estratégicos de la Araña. El primero de ellos fue el que el 1 de marzo de este año dio origen el grupo: que la Araña fuese un espacio de encuentro para colectivos que ya existían; es decir, una plataforma que articulara las luchas que distintos grupos estaban llevando a cabo, y con ello, tratar de darle un rostro distinto al feminismo, menos elitesco, menos institucional, más transformador y acorde con los tiempos que nos están tocando vivir. 2) Construir un feminismo desde Venezuela y América Latina, no en el sentido nacionalista, con todo lo que este término tiene de amenazador, sino acorde a unas realidades particulares diferentes al feminismo importado de Europa, del que evidentemente se bebe, pero al que hay darle otra cara.

3) Construir un espacio orgánico que defienda los derechos de las mujeres y combata las múltiples formas de discriminación sin limitarse a las de género: discriminación étnica-racial, de clase, por orientación sexual, de edad, de nacionalidad. Aquí vuelvo a citar a Freire, pido disculpas, pero es que me viene como anillo al dedo: “También el rechazo definitivo a cualquier forma de discriminación forma parte del pensar acertadamente. La práctica prejuiciosa de raza, clase, género, ofende la sustantividad del ser humano y niega radicalmente la democracia”. Otro de los objetivos fundamentales que se plantearon fue la autonomía: 4) Debe ser un espacio autónomo, de izquierda, progresista, de descolonización, de resignificación, que tenga muy en claro que por su carácter subversivo, antiimperialista, antipatriarcal y anticlerical, debe tener una postura independiente del gobierno, porque por su propia naturaleza deberá confrontarse constantemente con el poder, sobre todo, cuando en nuestro país se está atravesando por un proceso político y social tan complejo y lleno de contradicciones.

5) Debe ser un espacio de intercambio de saberes, tanto hacia adentro como hacia el exterior, capaz de generar un conocimiento humano que se inserte en el devenir cotidiano de las comunidades populares, transformando ese feminismo académico en un saber y un hacer democráticos; y en esta misma tónica, y jamás menos importante, 6) transformar, revitalizar y profundizar en la actividad pedagógica, no académica, con todo el tufo de soberbia y arrogancia que la academia tan bien saber expeler, sino una pedagogía más humana, basada en la solidaridad y en el reconocimiento de que el saber no es propiedad de un grupo de personas, sino que es algo que se construye en y con el mundo; una pedagogía ética y estética, donde prive el respeto entre quien enseña y quien aprende, y comprendiendo que quien enseña se nutre y crece constantemente de quien aprende.

Pedagogía, es un sustantivo capital. Comunidades populares, es un sujeto de primer orden. No hay cambio, no puede haberlo, desde el aislamiento, y en medio de la falta de educación o peor, de la mala educación, no es posible construir nada. Se habló de muchas otras cosas. Se estableció  una agenda, se hicieron propuestas de actividades concretas, se llegó a distintos acuerdos, se asignaron acciones, pero no es el espíritu de este texto versar sobre ellas, no es algo que a mí me competa aquí y ahora. Me quedo con el olor de la tierra húmeda bajo el césped de la casa de Jessie, con el tacto de la tierra bajo mis pies, con la carcajada de Argelia, con la visión silenciosa de la ciudad, con la sensación de que un mundo menos feo es posible cuando un grupo de mujeres rebeldes se reúnen, con La Voz. Todo eso, lo meto en mi mochila y me lo llevo al Sur.

Marietta J. García

You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed.